Anuario iSanidad 2025
Dra. María Madariaga, presidenta de la Sociedad Española del Dolor (SED)
Como presidenta de la Sociedad Española del Dolor (SED), quiero aprovechar esta oportunidad para reflexionar sobre una realidad documentada y profundamente preocupante: las diferencias bien conocidas relacionadas con el sexo y el género en la prevalencia, la experiencia y la atención al dolor crónico.


Es un hecho que las condiciones dolorosas, y el dolor crónico en general, tienden a ser más comunes en mujeres que en hombres a lo largo del ciclo de vida: por ejemplo, dolor temporomandibular, artrosis o fibromialgia. Aunque la prevalencia en hombres sigue siendo sustancial, las condiciones con mayor prevalencia masculina (como las cefaleas en racimo) son menos comunes.
Esta disparidad se cristaliza en las condiciones de dolor crónico superpuestas (COPC), un concepto reconocido por instituciones como los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos (NIH, por sus siglas en inglés). Esas condiciones coexisten en la misma persona y son más comunes en mujeres.
Es un hecho que las condiciones dolorosas, y el dolor crónico en general, tienden a ser más comunes en mujeres que en hombres a lo largo del ciclo de vida
Incluyen, pero no se limitan a: fibromialgia, síndrome del intestino irritable, vulvodinia, trastornos temporomandibulares, encefalomielitis miálgica/síndrome de fatiga crónica, cistitis intersticial/síndrome de vejiga dolorosa, endometriosis, cefalea tensional crónica, migraña crónica y dolor lumbar crónico.
La inaceptable carga de las COPC
La superposición de las COPC impone una carga de dolor significativamente más alta en las mujeres, lo que conlleva un peor funcionamiento físico, psicológico y social y una utilización significativamente mayor de servicios de atención médica.
El impacto de esta carga en el potencial de vida es innegable, afectando a la educación y la progresión profesional, y resultando en una pérdida significativa del tiempo de trabajo remunerado y una disminución de la productividad. El coste económico global es astronómico.
El doble fracaso de la ciencia y la clínica
El sistema científico sanitario actual perpetúa esta crisis a través de dos fallos críticos: la investigación sesgada por un lado y la práctica clínica fragmentada por otro.
Históricamente, el campo de la investigación del dolor ha tomado un enfoque binario, limitando nuestra comprensión de la experiencia del dolor en el espectro completo de identidades de género.
Tradicionalmente, los estudios preclínicos se han realizado exclusivamente en roedores machos. Hasta 2015, el 79% de los estudios utilizaban solo machos, una práctica que claramente es poco ética, al investigar condiciones que abrumadoramente afectan a las mujeres.
Hasta 2015, el 79% de los estudios utilizaban solo machos, una práctica que claramente es poco ética, al investigar condiciones que abrumadoramente afectan a las mujeres
En la investigación clínica, la mayoría de las teorías del dolor no integran los factores de sexo/género, y menos del 20% de las publicaciones analizan o informan datos desagregados por sexo. Esta marginalización se extiende a las poblaciones transgénero y con diversidad de género, que han sido históricamente excluidas o agrupadas. Además, estas poblaciones ya están en mayor riesgo de desarrollar dolor crónico debido al estrés asociado con el estigma, el prejuicio y la discriminación.
El sesgo de género implícito y explícito impregna la clínica
En comparación con los hombres, las mujeres a menudo deben luchar para que su dolor sea visto como legítimo; su dolor es más psicologizado y juzgado como poco fiable. Como resultado, reciben menos analgésicos opioides y más antidepresivos, reflejando las normas de género socioculturales: los hombres son vistos como estoicos, autónomos y tolerantes al dolor, mientras que a las mujeres se las percibe como más sensibles, histéricas o incluso rentistas.
Las poblaciones transgénero y con diversidad de género ya están en mayor riesgo de desarrollar dolor crónico debido al estrés asociado con el estigma, el prejuicio y la discriminación
En la práctica clínica, también el tratamiento de las COPC está claramente fragmentado. Las pacientes son valoradas y seguidas por distintos profesionales para cada condición, sin una atención coordinada para abordar los aspectos que comparten.
Reconocimiento, legitimación e inclusión
Es imperativo que la comunidad profesional dedicada al estudio y tratamiento del dolor reaccione: debemos adoptar directrices para integrar la perspectiva de sexo y género en la investigación —como las guías Sex and Gender Equity in Research (SAGER)— y aumentar la conciencia sobre los sesgos de sexo/género en la práctica clínica.
Un aspecto fundamental es que debemos investigar, objetivar y tratar estas COPC en la práctica clínica de manera multidisciplinar y coordinada. No podemos seguir excluyendo a la mayoría de las mujeres con COPC de los ensayos clínicos, haciendo que los resultados analgésicos sean inaplicables para ellas.
La deuda pendiente del sistema, tanto humana como financiera, exige que reconozcamos la superposición del dolor y abordemos las inequidades estructurales que han marginado durante demasiado tiempo a nuestras pacientes.














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