Cuando Renato Gaitán era niño y crecía en Villa El Salvador, podía pasar horas preguntándose cómo funcionaban las cosas. En su casa era común verlo desarmar cualquier mecanismo que le provocara asombro, desde juguetes hasta bicicletas, para desconcierto de todos. A veces lograba volver a armarlo; otras, no. Pero la curiosidad era más fuerte que la frustración. Su madre, la señora Asunción García, recuerda que su curiosidad parecía infinita. “Siempre quería saber el porqué de todo”, dice hoy. Ese niño curioso hoy tiene 18 años y dentro de poco tomará un avión rumbo a Estados Unidos. Renato Gaitán ha sido admitido en el Massachusetts Institute of Technology (MIT), una de las universidades más prestigiosas del mundo, donde estudiará Matemáticas puras.
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Para cualquier estudiante peruano, ingresar al MIT es un logro extraordinario; para alguien que creció en un hogar de bajos recursos y con pocas oportunidades, lo es todavía más. La madre de Renato es vendedora de ropa y durante años atendió un pequeño puesto en el centro de Lima. El papá de Renato vende repuestos. Ninguno de los dos pudo ir a la universidad, aunque a ella le hubiera encantado estudiar medicina. De ese dolor nació un anhelo: “siempre pensé que mis hijos tenían que estudiar e ir a la universidad, siempre quise que tuvieran lo que yo no tuve”, cuenta.
Los primeros indicios de que el niño tenía un talento especial aparecieron temprano. En el colegio Prolog, donde estudió desde pequeño, los profesores notaron que aprendía rápido y destacaba en clase. Poco después empezaron a invitarlo al círculo académico del colegio, donde se preparaba a los alumnos para competencias de ciencias y matemáticas. El problema era que las clases quedaban lejos, en otro distrito, y sus padres trabajaban todo el día.
Renato Alexander Gaitán García, peruano de 18 años, fue admitido con beca completa en el Instituto Tecnológico de Massachusetts. Foto: Andina.
La familia tuvo que reorganizar toda su rutina para que Renato pudiera ingresar al círculo. Asunción recuerda años de sacrificio para acompañar el entusiasmo de su hijo. Muchas veces tuvo que cerrar su puesto de ropa justo los días en que más vendía, porque Renato tenía competencias académicas. “Sabía que íbamos a ganar menos dinero”, dice, “pero me importaba más verlo contento”. Ese respaldo silencioso fue clave.
Renato empezó a participar en olimpiadas de matemáticas y a dedicar cada vez más horas al estudio, imponiéndose una disciplina férrea: jornadas de hasta doce horas resolviendo problemas y revisando teoría. El esfuerzo pronto empezó a dar resultados. Renato acumuló medallas en competencias nacionales e internacionales, y viajó a países como Rusia, China, Australia y el Reino Unido representando a su colegio y al Perú.

El talento de Renato Gaitán se refleja en las decenas de medallas que ha ganado en olimpiadas de matemáticas dentro y fuera del Perú. Foto: ANDINA/Ricardo Cuba
Fue en ese mundo de estudiantes de élite que Renato comenzó a aterrizar el deseo de estudiar en el extranjero. Postular al MIT implicó un proceso largo de exámenes, ensayos, cartas de recomendación y pruebas de inglés. Una organización llamada Beca Cometa lo orientó durante el camino y lo ayudó a completar los requisitos. Incluso el idioma lo enfrentó con su estilo autodidacta. Renato había tomado algunos cursos de inglés, pero decidió prepararse por su cuenta para el examen internacional TOEFL. Pasó semanas estudiando con materiales de internet, libros y videos en línea. Su madre dudaba que lograra el puntaje necesario en tan poco tiempo; él, en cambio, parecía tranquilo.
Cuando llegaron los resultados, la sorpresa fue general: había obtenido una calificación suficiente para completar su postulación. Meses después llegó la noticia definitiva: el MIT lo aceptaba con beca completa, que cubriría matrícula, alojamiento, alimentación y seguro médico.

Renato Gaitán junto a su madre, Asunción García, y sus hermanos menores. El apoyo familiar fue clave en el camino que lo llevó hasta el MIT. (Foto: ANDINA/Ricardo Cuba)
Antes de partir, su madre quiere organizar un almuerzo con familiares, amigos y profesores que lo acompañaron en el camino. El menú ya está decidido: pescado, el plato favorito de Renato. Por ahora Asunción se siente serena. Dice que el orgullo es más grande que la preocupación. Sin embargo, recuerda lo que ocurrió cuando su hijo viajó por primera vez a una competencia en el extranjero: no lloró en el aeropuerto. Se mantuvo fuerte mientras otras madres se despedían entre lágrimas. Pero al volver a casa y ver la cama vacía, no pudo contenerse. Quizá esta vez ocurra lo mismo. Porque su hijo se va lejos, por mucho tiempo, aunque el punto de partida siga siendo Villa El Salvador. //














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