El día que llegué a la zona devastada por el doble terremoto en Venezuela ya era de noche, un viernes 26 de junio, dos días después del desastre natural, y era inevitable no sobrecogerse por el impacto de una tragedia que superaba todo lo imaginable.
Había numerosas personas en la calle, entre víctimas y sobrevivientes en carpas a la vuelta de la plaza Altamira de Caracas, y familiares de desaparecidos con el murmullo de un rosario en los labios, aferrándose a la fe y la esperanza de encontrar a sus desaparecidos.
Ahí estaban los edificios, los que no aguantaron el doble sismo de más de 7 grados de intensidad y se vinieron abajo, entre ellos el Petunia. Fue el primero que vi, en una escena casi apocalíptica que era enturbiada por muchísimas sirenas de policía y la presencia de decenas de bomberos y defensa civil, todos intentando contra el tiempo encontrar sobrevivientes.
Olía mucho a humo, a quemado. No había mucha luz en el sector porque el colapso del edificio Petunia también afectó las líneas eléctricas.
Pero lo más sobrecogedor era el desespero de los socorristas, los ciudadanos locales, los voluntarios y los familiares, tratando de levantar con sus propias manos bloques de hormigón para ganarle la batalla a la tragedia, intentando rescatar vivos a quienes estaban sepultados bajo los escombros.
La Guaira, el paraíso que se cubrió de luto y dolor
En el periodismo profesional, acostumbramos de manera casi inevitable a llegar a los lugares de los hechos justamente cuando todo se rompe en un instante trágico. Ante los desastres naturales, nuestra rutina laboral nos empuja a actuar con rapidez:
Contamos minuciosamente las cifras, entrevistamos de forma exhaustiva a los sobrevivientes, verificamos con rigor cada uno de los datos sobre el terreno y tratamos, con el mayor de los esfuerzos, de explicar con palabras -como si se pudiera- el profundo dolor humano.
Pero la realidad me ha demostrado que hay situaciones tan profundas, adentradas en el corazón, que ninguna estadística oficial, medición técnica o palabras alcanzan jamás a describir lo que vemos.
Después del impacto inicial, la primera noche no se puede dormir. Pese a haber sido un día que pareció de más de 24 horas, con un largo trayecto para llegar a Caracas (su aeropuerto estaba cerrado): el viaje desde Bogotá siguió la ruta aérea por Ciudad de Panamá y luego a Valencia y de allí por tierra a la capital venezolana; el dolor era más fuerte que el cansancio.
Al día siguiente logramos entrar a la zona cercana de La Guaira, un reconocido destino turístico: el impacto de la catástrofe fue mucho mayor: Si una persona se para en la mitad de la tragedia, a un lado se observan las playas que en otras circunstancias podrían calificarse de paradisíacas.
Pero, al otro lado de la vía, ya estaban todos los edificios colapsados en el suelo, ahí mismo a la orilla de la playa. Era impresionante ver todos los edificios caídos, pero más miedo daban los que estaban a punto de derrumbarse.
Cualquier relato exagerado se queda corto frente al escenario de la devastación, que no se reduce únicamente a la cantidad de concreto amontonado por el colapso de los edificios.
En la medida en que nos adentramos a la zona, el aire se sentía más espeso y el olor se volvía más pesado: ya había pasado tres días desde la tragedia y era palpable el caos y el desespero en La Guaira.
Persistencia contra el dolor y el olvido
No existe un número exacto que sea capaz de explicar adecuadamente la mirada devastada de un padre que lleva días enteros recorriendo incansablemente diversos hospitales buscando desesperadamente a su hijo.
No hay ningún balance oficial que sea lo suficientemente preciso como para medir la inmensidad del abrazo de una familia cuando, tras jornadas de angustia, finalmente encuentra una respuesta definitiva, aunque desafortunadamente esta no sea la que con tanta esperanza querían recibir.
Tampoco se ha redactado un comunicado institucional que logre traducir fielmente el denso y pesado silencio de quienes siguen esperando noticias en las zonas de desastre.
Durante una semana completa cubrí de primera mano el terremoto en Venezuela. En cumplimiento de mi labor, recorrí hospitales locales donde decenas de personas desesperadas pegaban continuamente las fotografías de sus familiares en las paredes y columnas con la firme esperanza de que alguien, en medio de la confusión colectiva, los hubiera visto con vida en algún sector.
Entré personalmente a diversos refugios temporales donde una simple colchoneta en el suelo y una cobija básica se convirtieron, de un día para otro y de manera abrupta, en el único hogar disponible para cientos de personas.
Caminé con atención entre múltiples edificios reducidos a escombros, espacios urbanos completamente colapsados por la fuerza de la naturaleza, donde escuché de forma directa el silencio profundo que deja una gran tragedia.
Y vi con claridad cómo la incertidumbre constante de la población pesa tanto en el alma de los sobrevivientes como el mismo concreto derribado.
«Marico, ¿ya comiste?»: la hospitalidad que se sobrepone al dolor
Volví a Caracas después de 13 años, en una Navidad cuando todavía era adolescente, sin imaginarme que una tragedia me traería de vuelta. De aquel entonces, la recuerdo fría; pero en esta oportunidad la encontré con un calor bárbaro: sin miedo a exagerar, la sentí como con el clima que tiene mi Guajira colombiana, mi región natal.
Yo solía ir a los cines que quedan precisamente en Chacao, ahí donde se cayeron los edificios. Recuerdo que me gustaba comer Cachapa con queso de mano, que era como la comida típica en ese entonces.
Visitábamos mucho el Parque del Este, que justamente hoy estaba convertido es un refugio de sobrevivientes de los dos terremotos. Antes era un parque donde funcionaba un zoológico, muy parecido al Simón Bolívar de Bogotá.
Pero eso no fue lo que más me impactó, en medio de la tragedia. Fue la calidez humana, el agradecimiento y la solidaridad de los venezolanos, que nunca se acabó en medio de sus vidas rotas.
De verdad, en todo momento se acercaban a uno, con genuina preocupación y desprevenidos, a preguntar «marico, ¿ya comiste?».
En medio del caos y la crudeza de la tragedia, a los periodistas y al personal médico y de rescate les tenían en gran estima. En especial a los socorristas, a quienes consideraban verdaderos héroes.
En medio de tanto dolor acumulado y visible en cada callejón de la zona afectada por el desastre, existió un factor humano luminoso que me sorprendió de manera grata y diaria: la gente.
Fue la calidad humana de los ciudadanos la que transformó por completo mi experiencia durante la cobertura de esta tragedia.
Nunca dejó de asombrarme de manera profunda la inmensa capacidad de los venezolanos para recibir al otro con una genuina y sincera generosidad, demostrando una empatía extraordinaria incluso cuando ellos mismos lo habían perdido casi todo debido al colapso de sus viviendas.
Esa actitud altruista se convirtió en una constante que desafió la gravedad de las circunstancias materiales que los rodeaban en los campamentos.
Más de una vez, en diferentes puntos de la zona afectada, alguien interrumpió por completo su propia tragedia familiar solo para preguntarme con total amabilidad si yo había comido.
O si acaso necesitaba agua potable para mitigar el cansancio del día o si encontraba el camino correcto hacia mi destino entre las calles bloqueadas por los derrumbes.
En medio del caos imperante tras el terremoto, siempre apareció de forma oportuna una sonrisa sincera, una palabra amable o un nítido gesto de hospitalidad hacia mi labor periodística.
La humanidad de los venezolanos también es noticia
Hasta el último momento de mi estancia en el territorio, observé a un pueblo profundamente agradecido a pesar de la inmensa adversidad que enfrentaba.
Justo antes de salir definitivamente de Venezuela, fui testigo presencial de la emotiva y masiva ovación brindada a los ‘Topos de México’, la reconocida organización civil internacional que está dedicada de forma profesional y voluntaria a las tareas críticas de rescate en estructuras colapsadas.
Ese momento tan especial ocurrió en el aeropuerto de Valencia, donde absolutamente todo el público presente en la terminal aérea se puso de pie de manera espontánea y empezó a aplaudir.
Los ciudadanos allí congregados les hicieron una emotiva calle de honor a los rescatistas en señal de agradecimiento por su incansable labor de búsqueda.
Considero que eso también es noticia de gran relevancia humana, aunque lamentablemente pocas veces ocupe un titular principal en los grandes medios de comunicación del mundo.
¿Resiliencia? Lo de los venezolanos es mucho más
Ninguna de esas conversaciones previas sobre Venezuela y sus realidades recientes me preparó realmente para el impacto de reencontrarme cara a cara con un país extraordinario.
Sobre todo, poblado de personas que parecen firmemente empeñadas en no dejar, bajo ninguna circunstancia que la tragedia del sismo les robe su dignidad.
Quizá la palabra resiliencia sea un término técnico que los profesionales de la comunicación usamos de manera demasiado frecuente en las notas de prensa. Tal vez la repetimos tanto en los reportajes diarios que, con el paso del tiempo, sentimos que perdió fuerza y significado ante la opinión pública.
Sin embargo, después de completar esta intensa semana de cobertura sobre la tragedia que dejó el terremoto en Venezuela, entendí con total claridad el verdadero significado del concepto sobre el terreno.
Después de convivir con los afectados, comprendí que la verdadera resiliencia de ninguna manera consiste en acostumbrarse o reponerse al dolor con dignidad. Mucho menos a resignarse de forma pasiva ante la desgracia.
Al contrario, este valor humano fundamental consiste en decidir firmemente seguir adelante aun cuando no exista ninguna clase de certezas sobre el futuro inmediato, en tener la voluntad de compartir lo poco que queda materialmente con el prójimo y en lograr encontrar razones poderosas para levantarse al día siguiente a reconstruir la vida.
Gratitud que trasciende el dolor
Ahora que la asignación concluye, regreso a mi lugar de origen acumulando muchas horas de video testimonial, cargando libretas llenas de apuntes detallados tomados en el campo y con una serie de entrevistas valiosas que paulatinamente se convirtieron en noticias de alto impacto.
Pero más allá del material profesional recopilado, también regreso con algo interno mucho más difícil de explicar con palabras llanas: la absoluta certeza de que este viaje periodístico en particular me cambió un poco como ser humano y como comunicador.
Porque los periodistas asumimos diariamente la tarea de que contamos historias de terceros, pero la experiencia directa nos demuestra que algunas veces son las historias mismas las que terminan contándonos a nosotros y transformando nuestra visión del mundo.
Regreso a Colombia con la firme esperanza personal de volver algún día a estas tierras. Ojalá que esa oportunidad futura sea principalmente para encontrar un país en total paz y tranquilidad.
Encontrarlo sin sirenas de emergencia sonando en las calles, sin listas de desaparecidos colgadas en las paredes externas de las instituciones, sin hospitales colapsados o abarrotados de familias angustiadas buscando respuestas urgentes y sin edificios multifamiliares convertidos en tristes montañas de concreto destruido.
Ojalá la próxima vez que el destino me permita viajar pueda regresar de forma tranquila, simplemente para tener la magnífica oportunidad de conocer más de Venezuela y de su maravillosa geografía sin el ruido ensordecedor y la alteración social que provoca una tragedia de gran magnitud.
Mientras tanto, solo me queda expresar una palabra fundamental y sincera desde el fondo de mi corazón: gracias. Expreso mis más sinceras gracias por abrirme las puertas de sus casas, de sus refugios temporales de emergencia y de sus propias vidas fuertemente golpeadas por el terremoto en Venezuela.
Agradezco profundamente la confianza, por confiar de manera plena en la labor de un periodista extranjero que llegó procedente de otro país con la única e importante misión de narrar de forma fidedigna uno de los momentos más difíciles de toda su historia reciente.
Las luces de las cámaras se apagan de forma definitiva en el sitio del desastre. El extenso viaje termina formalmente para el equipo de prensa. Pero la experiencia vivida demuestra que hay coberturas periodísticas intensas que uno nunca deja realmente atrás en la memoria. Esta cobertura sobre el terremoto será, sin duda alguna, una de ellas para el resto de mi carrera profesional.
Aldair Rodríguez con Héctor Méndez, ‘El Topo mayor’.
Crédito: Foto: La FM.

Aldair Rodríguez reportando desde el edificio Petunia, que colapsó en Chacao.
Crédito: Foto: La FM.











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