Con 53 años, Liz Parrish se presenta en redes y congresos con rostro y energía de veinteañera. Se define como “paciente cero” de una terapia génica para frenar el envejecimiento y asegura que hoy su cuerpo se parece más al de una mujer de 25 que al de una de mediana edad.LA NACION+1
Su historia mezcla ambición científica, drama familiar, negocio millonario y una gran polémica: no hay ensayos clínicos ni publicaciones revisadas por pares que avalen de forma sólida sus afirmaciones, y buena parte de la comunidad científica mira su caso con recelo.La Vanguardia+1
Rubia, de melena larga, delgada, con la piel lisa y apenas una arruga a la vista. A simple vista, cuesta creer que Liz Parrish tenga 51 años. Quien la ve por primera vez suele atribuir su aspecto a una genética envidiable, a un buen dermatólogo o a varias visitas al quirófano.
Pero ella asegura otra cosa: dice haber encontrado una terapia génica capaz de revertir el envejecimiento y sostiene que una parte de sus células “apenas supera los 30 años” de edad biológica. Su reto, repite en conferencias y entrevistas, es extender ese supuesto rejuvenecimiento al resto del cuerpo.
No es científica, ni bióloga, ni médica. Es empresaria, pero se mueve con soltura en los foros internacionales donde se habla de longevidad, como si llevara toda la vida en laboratorios y congresos. En esas tribunas, su discurso pasa sin rastro de eso que muchos llamarían “síndrome del impostor”.
Hace unos días volvía a presumir en redes sociales de una conferencia inaugural en una cumbre de longevidad en Estados Unidos. Habla con la misma naturalidad de “poner fin a las enfermedades relacionadas con la edad” que de cruzar las líneas rojas de la ética médica.
Y la pregunta se impone:
¿Por qué se la escucha? ¿Qué seriedad tienen sus terapias?
De un diagnóstico infantil a la cruzada contra el envejecimiento
La historia arranca en 2013. A uno de sus hijos le diagnostican diabetes tipo 1. Parrish encaja mal la noticia y empieza a ver la enfermedad del niño como una especie de envejecimiento acelerado, fruto de células “programadas para enfermar”.
Ese golpe familiar la impulsa a bucear en el mundo de las tecnologías celulares, las terapias génicas y la medicina regenerativa. De ahí nace su empresa, BioViva Science, una ‘startup’ biotecnológica con un lema ambicioso: dedicar su vida a aumentar la esperanza de vida saludable, no solo a añadir años al calendario.
Hasta aquí, el guion podría encajar con el de muchas madres que transforman una crisis familiar en una cruzada. El problema empieza cuando decide que la forma más rápida de avanzar es experimentar con su propio cuerpo.
Diseñando su propia terapia: telomerasa, folistatina y algo más
En lugar de esperar a que la ciencia pase, paso a paso, por sus cauces habituales —investigación básica, experimentos con animales, fases clínicas—, Parrish decide diseñar su propia terapia combinada.
En su cóctel incluye:
- Telomerasa: una enzima que ayuda a mantener los telómeros, las “capuchas” que protegen los extremos de los cromosomas y que se acortan con cada división celular. Telómeros más cortos se asocian a envejecimiento y mayor riesgo de enfermedad.
- Folistatina: una proteína que modula la miostatina, ligada al crecimiento y mantenimiento del músculo. La apuesta: preservar masa muscular, reducir la sarcopenia y, de paso, mejorar metabolismo y fuerza.
- Otros genes, enzimas y proteínas que, en teoría, podrían reducir la senescencia celular, prevenir el cáncer, mejorar la función cerebral y mitigar el daño del estrés oxidativo.
Su objetivo declarado no es solo verse más joven, sino reprogramar sus células “in vivo” para que funcionen como si tuvieran menos años.
El viaje clandestino a Bogotá: más de cien inyecciones
La legislación estadounidense prohíbe este tipo de experimentos en seres humanos sin pasar por ensayos clínicos regulados. Así que Parrish organiza un viaje discreto a Bogotá y se aloja en una clínica privada.
Allí, según ha explicado en diversas ocasiones, se somete a un maratón de pinchazos:
- Más de 100 inyecciones repartidas entre tríceps, muslos, glúteos y rostro.
- Un procedimiento de horas, entrando y saliendo la aguja de su cuerpo mientras le administran vectores virales cargados con los genes elegidos.
Lo que hace, en esencia, es inyectar en sus propias células genes experimentales, procedentes de bancos genéticos humanos y de otras especies, con la intención de “rejuvenecerlas” desde dentro. Ella misma se bautiza como “paciente cero” de su terapia.
“Rejuvenecer 21 años en 12 meses”
Cuando inició el tratamiento, Parrish tenía 44 años, pero los test que se hizo sobre la longitud de sus telómeros apuntaban —según su relato— a una edad biológica de 65 años.
Un año después, asegura, los análisis volvieron a realizarse y el resultado habría cambiado: sus telómeros se corresponderían ahora con una edad similar a la del DNI. En otras palabras, habría recuperado 21 años en solo 12 meses.
En su argumentario, cita también experimentos con ratones:
- Con dieta y ejercicio óptimos, el promedio de vida habría pasado de 8 a 18 meses.
- Con restricción calórica, hasta 30 meses.
- Modificando un solo gen, los roedores habrían duplicado su esperanza de vida, sin dietas ni entrenamientos.
Son datos que se mezclan en su discurso para sostener una idea simple y poderosa: tocando los genes adecuados se puede doblar la vida. Lo que en los animales son estudios de laboratorio, en su caso se convierte en una apuesta vital.
Lo que dice la ciencia: “pintoresca”, sin aval y fuera de los congresos científicos
Para aterrizar su historia, preguntamos al doctor Ángel Durántez, una de las voces de referencia en España en Age Management Medicine (medicina de gestión de la edad). Ha coincidido con Parrish en foros de longevidad y envejecimiento saludable, como el celebrado en Valencia hace un par de años.
Su impresión es clara:
“Sus terapias génicas no han sido validadas ni avaladas por ningún organismo científico internacional. Nunca ha intervenido en congresos científicos, sino en escenarios abiertos al público en los que su presencia es más bien pintoresca”.
Recuerda, además, que la FDA —la agencia estadounidense que regula medicamentos y tratamientos— no avala su técnica, y que la posibilidad de aplicar terapias celulares incluso de forma preventiva en personas jóvenes está todavía muy lejos:
“Sus prácticas burlan cualquier límite bioético y plantean un dilema importante en varias cuestiones que ella pasa por alto”, resume Durántez.
Biohacking: “hágalo usted mismo” con el propio cuerpo
Más allá de su caso concreto, Parrish encarna a la perfección una corriente en auge: la de los biohackers, ciudadanos que deciden “hackear” su biología como si se tratara de un código abierto.
En ese universo caben:
- Personas que implantan dispositivos electrónicos bajo la piel.
- Aficionados que se inyectan sustancias experimentales para modificar sus genes.
- Individuos que se someten a protocolos extremos para “optimizar” rendimiento físico, cognitivo o emocional.
Parrish se mueve en ese terreno con un lema muy sencillo: “Hágalo usted mismo”. Se presenta como una activista de la salud que, en lugar de esperar a que los sistemas sanitarios cambien, ha decidido experimentar con sus propios límites.
Un espejo incómodo sobre cómo queremos envejecer
Mientras su figura se pasea por los círculos científicos con ademanes de estrella de Hollywood, la duda permanece:
- Su vida es, sin duda, apasionante, y refleja hasta qué punto el envejecimiento se ha colocado en el centro de nuestras preocupaciones.
- Pero también obliga a preguntarse si este es el mejor camino para avanzar en la lucha contra las enfermedades de la edad.
La ciencia, por ahora, mantiene la prudencia: sin ensayos controlados, sin publicaciones rigurosas y sin supervisión ética, el caso de Liz Parrish no prueba que hayamos vencido al envejecimiento.
Lo que sí demuestra es otra cosa: que hay cada vez más gente dispuesta a convertir su propio cuerpo en laboratorio, y que el debate sobre hasta dónde estamos dispuestos a llegar para vivir más y mejor acaba de empezar.














Deja una respuesta