Pacientes y profesionales queremos que acabe la guerra

Luis de Haro. Director general de iSanidad
La guerra suele medirse en titulares de estrategia geopolítica, movimientos de tropas y cifras de muertos y heridos. Las vidas pasan a ser estadísticas y las personas números. Además, el colapso de los sistemas sanitarios es una realidad que no siempre ocupa portadas pero que desangra a la población de forma silenciosa. Así, el conflicto en Oriente Medio nos obliga a ver que la sanidad es una red global interconectada. Si un eslabón se rompe en el Estrecho de Ormuz, la onda de choque llega al botiquín de un paciente en España y al hospital de campaña en Teherán. Por eso, pacientes y profesionales de ambos lados piden, con una sola voz, que la guerra se detenga.

En la guerra, la falta de suministros y energía interrumpe tratamientos vitales como la quimioterapia, la insulina y la diálisis, sentenciando a los pacientes crónicos

Para los pacientes que viven bajo las bombas, la guerra es una sentencia inmediata de «muerte silenciosa«. No son solo las heridas de metralla; es el paciente oncológico que ve cómo su sesión de quimioterapia se suspende, es el diabético que se queda sin insulina o el nefrólogo que contempla impotente cómo la falta de electricidad detiene las máquinas de diálisis. Como bien señala el análisis reciente publicado por Fatima del Reino en iSanidad (La guerra de Irán tensiona la cadena del medicamento sin afectar aún al suministro en España), la destrucción de infraestructuras médicas borra de un plumazo décadas de progreso asistencial.

Pero el miedo no se queda allí porque aquí, en España, el paciente crónico también mira con angustia al horizonte. Vivimos en un mundo donde entre el 60% y el 80% de los principios activos de nuestros medicamentos provienen de Asia. Con el espacio aéreo cerrado y las rutas marítimas bloqueadas, el coste de la logística se ha disparado un 400%. La amenaza del desabastecimiento ya no es una distopía, sino un riesgo real para fármacos estratégicos contra la hipertensión o enfermedades cardiovasculares. La inflación de productos sanitarios, que ya roza el 8,4%, detrae recursos que deberían ir a reducir listas de espera, invirtiéndolos en el sobrecoste del transporte y la energía.

La inflación de productos sanitarios, que ya roza el 8,4%, detrae recursos que deberían ir a reducir listas de espera

Los profesionales sanitarios, por su parte, empiezan a compartir esa angustia. El médico que atiende en una zona de conflicto ve cómo su juramento hipocrático se estrella contra la falta de gasas, oxígeno y agua potable. El profesional en Europa, mientras tanto, lucha por gestionar la incertidumbre de un suministro que llega a cuentagotas. Muchos saben bien que la salud de sus pacientes depende de una cadena de suministro que la guerra ha decidido estrangular. La salud es, por definición, un estado de bienestar físico y social.

La guerra es la antítesis de este concepto; es la enfermedad más contagiosa y destructiva que conocemos. Por el derecho a la vida, a la continuidad asistencial de los que están allí, y por la seguridad del suministro de los que estamos aquí, la paz no es una opción política, sino una necesidad clínica urgente.

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