Jorge Pastor Arrizabalo (Valladolid)
La nueva generación de terapias para la leucemia mieloide crónica (LMC) ha supuesto un punto de inflexión al equiparar la esperanza de vida de un paciente con esta enfermedad, que inicialmente era de cuatro o cinco años, con la de la población general. Sin embargo, este éxito ha traído consigo nuevos retos que están redefiniendo los objetivos del tratamiento.
Así lo explicó Valentín García Gutiérrez, hematólogo del Hospital Universitario Ramón y Cajal de Madrid y vicepresidente 2º de la Sociedad Española de Hematología y Hemoterapia (SEHH), durante su ponencia en la 10ª Jornada de HematoAvanza en Valladolid.
El hematólogo destacó que se trata de una enfermedad rara que presenta una incidencia de uno o dos casos por cada 100.000 habitantes y en la que se detectan entre 400 y 500 nuevos casos cada año. Aunque la edad media de diagnóstico se sitúa entre los 55 y los 60 años, aproximadamente un tercio de los pacientes se diagnostica antes de los 35 años. Pese a ello, el Dr. García Gutiérrez resaltó que es una patología con buen pronóstico: «Hoy en día nuestros pacientes viven lo mismo que cualquier persona de su misma edad y sexo que no tenga la enfermedad».
El Dr. García Gutiérrez destacó que «hoy en día nuestros pacientes viven lo mismo que cualquier persona de su misma edad y sexo que no tenga la enfermedad»
El hematólogo destacó que los avances logrados en la leucemia mieloide crónica han servido de modelo para el desarrollo de terapias dirigidas a numerosos tipos de cáncer. En este sentido, recordó que el éxito de imatinib (Sandoz) abrió la puerta a tratamientos dirigidos contra alteraciones moleculares específicas.
La aparición de resistencias a los tratamientos fue uno de los desafíos derivados del éxito terapéutico. En el caso de imatinib, alrededor de un 30% de los pacientes desarrollaban resistencia, lo que impulsó el desarrollo de inhibidores de segunda y tercera generación más potentes y mejor tolerados.
Entre estas innovaciones destacan los inhibidores Stamp (Specifically Target the ABL Myristoyl Pocket), diseñados para actuar de forma más específica sobre la alteración molecular que origina la enfermedad. Según explicó el hematólogo, estos tratamientos incorporan un mecanismo de acción diferente al de los inhibidores de tirosina quinasa convencionales (ITK). Además, a diferencia de los fármacos clásicos que bloquean el lugar donde se une el ATP para impedir la actividad de la proteína BCR-ABL, estos inhibidores actúan sobre una región distinta de esa misma diana molecular.
Una de las ventajas principales de estos nuevos medicamentos es su elevada selectividad. Al dirigirse específicamente contra BCR-ABL, la proteína derivada del cromosoma Filadelfia, reducen la interacción con otras quinasas y, potencialmente, los efectos adversos asociados a tratamientos anteriores. Además, destacó que estas terapias presentan menos efectos secundarios respecto a los tratamientos habituales.
Actualmente, estos fármacos ya se encuentran indicados para determinados pacientes en líneas avanzadas de tratamiento. Uno de ellos ha obtenido recientemente la aprobación europea para pacientes con leucemia mieloide crónica de nuevo diagnóstico y se encuentra en proceso de negociación para su financiación, lo que permitiría ampliar el acceso a esta innovación terapéutica.
“Nuestro objetivo es conseguir que cada vez más pacientes mantengan una remisión profunda y duradera sin necesidad de tratamiento continuado», señaló el Dr. García Gutiérrez
El hematólogo señaló que otro de los retos actuales es la adherencia al tratamiento. Aunque los inhibidores de tirosina quinasa han transformado el pronóstico de la enfermedad, los pacientes deben mantener una terapia oral durante años y los efectos adversos pueden dificultar su cumplimiento. Además, destacó el impacto psicológico que supone tener que tomar medicación a diario, ya que a los pacientes les recuerda de manera constante la presencia de la enfermedad.
Si durante años el principal objetivo fue prolongar la supervivencia y evitar la progresión de la enfermedad, ahora el foco se sitúa en mejorar la calidad de vida y reducir la carga terapéutica a largo plazo. Como señaló el Dr. García Gutiérrez, “nuestro objetivo ahora es conseguir que cada vez más pacientes mantengan una remisión profunda y duradera sin necesidad de tratamiento continuado, y acercarnos a una curación funcional de la enfermedad», explicó el Dr. García Gutiérrez.
Por ello, señaló que la investigación se centra en identificar qué pacientes pueden suspender el tratamiento sin perder el control de la enfermedad, algo que, tal y como indicó, solo pueden hacer entre el 30 y el 40% de los pacientes. Para lograrlo, la investigación se centra en la búsqueda de marcadores que permitan seleccionar de forma precoz a aquellos candidatos capaces de mantener una remisión sostenida sin necesidad de continuar con la medicación.













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