Redacción
La figura del paciente ha evolucionado desde un rol pasivo, en el que era el receptor de los tratamientos para curar su enfermedad, a otro participativo en el que es la propia persona, en conjunto con los profesionales que manejan su patología, el que tiene voz y voto en la toma de decisiones. Un cambio de modelo que implica también apostar por otro enfoque en la gestión sanitaria basada en el valor.
“La experiencia del paciente constituye un resultado asistencial en sí mismo”, destaca la Dra. Cristina Caramés, directora asistencial y de Investigación corporativa de Quirónsalud. La manera en que quien convive con su enfermedad percibe todo lo que le rodea, añade, acaba influyendo “directamente en la adherencia terapéutica, los resultados clínicos y la confianza en el sistema sanitario”.
Sin embargo, hace no tanto la estrategia y cultura dentro del sistema sanitario perseguía otros objetivos. Así lo recuerda Nuria Díaz Avendaño, directora corporativa de Calidad y Experiencia del Paciente de Quirónsalud: “Tradicionalmente, la calidad en la sanidad privada se asociaba de forma muy directa a la disponibilidad tecnológica, a la excelencia de las instalaciones o al prestigio de los profesionales médicos. Estos elementos siguen siendo relevantes, pero hoy ya no son suficientes para acreditar por sí solos un modelo asistencial de calidad”.
En un estudio publicado en NEJM Catalyst se destacaron mejoras en una “amplia gama” de afecciones clínicas en modelos que tuvieron en cuenta la experiencia del paciente, como cáncer, insuficiencia cardíaca o diabetes
Es ahí donde entra “la voz de quienes reciben la atención”, necesaria para completar un escenario en el que predomina la calidad asistencial, que no solo se reduce a la visión de los profesionales o las organizaciones, retoma la Dra. Caramés, que pone como ejemplo el modelo establecido en el Grupo Quirónsalud, con la incorporación progresiva de “instrumentos de medición de experiencia y satisfacción” para conocer la perspectiva del paciente sobre el proceso asistencial.
Díaz Avendaño pone como ejemplo el Plan de Calidad del grupo hospitalario privado, basado en estándares medibles, auditorías internas y externas, trazabilidad de los procesos y un análisis sistemático de resultados. Dicho plan se asienta sobre ejes (Salud, Experiencia y Eficiencia) para lograr homogeneizar prácticas, reducir la variabilidad y orientarse a resultados sostenibles en el tiempo.
“En definitiva, hemos pasado de una visión de la calidad más centrada en los recursos disponibles a una visión mucho más madura, basada en datos, resultados, seguridad, experiencia real del paciente y capacidad de mejora continua”, resume.
Equilibrio entre ciencia y humanidad
Cambia la estrategia porque cambia el modelo. La medicina basada en valor es consecuencia de un cambio en los parámetros sobre los que se mide la actividad sanitaria. Y el paciente es una pieza fundamental para evaluar no solo la finalidad, que son los resultados clínicos, “sino en la experiencia, la seguridad y el bienestar que logramos para cada paciente”, asegura la directora asistencial y de Investigación corporativa de Quirónsalud.
A su juicio, la viabilidad de este nuevo modelo tiene una figura paradigmática, la de la enfermera, “quienes mejor entienden el equilibrio entre ciencia y humanidad”. Extrapolado al grupo hospitalario, la Dra. Caramés habla de una cultura “del trato y tratamiento”, aspectos “inseparables”. Por lo tanto, la competencia técnica que exige tratar la enfermedad se combina con ofrecer unos cuidados desde la “empatía, escucha y acompañamiento”.
Las organizaciones son conscientes de ello y cuentan con evidencia científica (escasa, por el momento) que respalda el cambio cultural. Mejorar los resultados en la experiencia del paciente repercute en los objetivos clínicos, según se desprende de las conclusiones de un estudio publicado en la revista científica NEJM Catalyst Innovations in Care Delivery, en el que participó la propia Dra. Caramés. En la investigación, destacan mejoras “en una amplia gama de afecciones clínicas”, como la atención preoperatoria, el cáncer, la insuficiencia cardíaca o el control de la diabetes.
Es habitual escuchar términos como PROMs (Patient Reported Outcome Measures) y PREMs (Patient Reported Experience Measures), parte de este camino hacia una medicina basada en valor que, refuerza la Dra. Caramés, propone “evaluar el éxito de la asistencia en función de lo que verdaderamente importa a las personas”. De ahí que estos indicadores se apliquen en proyectos de Quirónsalud, como la transformación asistencial, la digitalización, la IA, la investigación, la humanización o la experiencia del paciente.
Un modelo de valor basado en estándares internacionales
La implantación de este tipo de modelos cuenta con el respaldo de certificaciones y acreditaciones internacionales (las principales, JCI, ISO o EFQM) que, como explica Díaz Avendaño, no solo se trata de un reconocimiento externo, sino que propician la capacidad para transformar la manera en que una organización sanitaria trabaja cada día.
“Cuando estos estándares están verdaderamente integrados, dejan de ser un requisito documental o un ‘sello’ externo para convertirse en una forma de trabajar. Ayudan a generar una cultura común, facilitan la detección temprana de desviaciones y permiten desplegar acciones correctoras con una visión estructurada y comparable entre centros”, desgrana la directora corporativa de Calidad y Experiencia del Paciente de Quirónsalud.
Asimismo, reivindica los estándares internacionales como una “herramienta relevante de diferenciación”, más si cabe en un entorno donde todos los actores “demandan cada vez más garantías objetivas de calidad y seguridad”. Así lo corrobora que los grandes grupos hospitalarios quieran contar con este tipo de estándares, porque “el verdadero factor diferencial ya no es únicamente disponer de una acreditación, sino demostrar cómo esa acreditación se traduce en resultados reales”.
Y mantener la certificación en el tiempo, un hándicap relevante en organizaciones sanitarias complejas, compuestas por múltiples hospitales, servicios, equipos clínicos y realidades asistenciales. Aquí, precisa Díaz Avendaño, “el desafío está en garantizar que los estándares se aplican de manera consistente sin perder la capacidad de adaptación a cada centro”.
En el caso de Quirónsalud, “el reto adicional está en alinear a todos los centros bajo un marco común de calidad, seguridad y experiencia, manteniendo al mismo tiempo la agilidad necesaria para responder a las necesidades locales. Esto implica pasar de una lógica de preparación para la auditoría a una cultura permanente de mejora continua”, concluye.















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