Anuario iSanidad 2025
Dra. Marta de Diego Suárez, presidenta de la Sociedad Española de Cirugía Pediátrica (SECP)
Durante el año 2025 se han ido sumando, tímidamente, diferentes servicios españoles de cirugía pediátrica al programa de cirugía robótica, cada uno de ellos motivo de noticia en prensa. Programa con años de andadura en la esfera adulta, iniciado también entonces en la esfera infantil, pero de manera tan puntual, anecdótica y dispersa geográficamente que sigue siendo noticia.

Este retraso no atiende a la falta de interés de los profesionales, sino más bien a otros intereses más economicistas, a pesar del evidente beneficio de maniobrabilidad y visión que aporta la robótica en espacios pequeños.
A los cirujanos pediátricos no nos es extraño el proceso. Hasta la segunda mitad del siglo XX, la cirugía dependía de las manos y pericia del cirujano, de los hilos de sutura y del instrumental quirúrgico, metálico y de líneas sencillas, relativamente fácil de diseñar y fabricar.
Se vive con preocupación la no disponibilidad de diferentes materiales (sondas específicas, diferentes accesos vasculares…) y la desaparición de algunos existentes previamente por no ser competitivos
El cirujano pediátrico disponía de instrumental quirúrgico propio para niños, muchos de ellos recién nacidos y lactantes; bien por su tamaño o bien específico de un procedimiento pediátrico concreto, no necesariamente numeroso en casos.
Tema aparte era el material fungible, cada vez más complejo y sofisticado, donde ya se empezaba a intuir la dificultad con que las casas comerciales invertían en desarrollo tecnológico para miniaturizar o adaptar sus productos a la infancia: por una buena perspectiva de ventas en adultos y por poco retorno, por el número de casos, en la primera.
Mucho menor consumo, porque la mayor parte de países con una elevada natalidad no tienen los recursos económicos para acceder a este tipo de medicina. Así que, sin beneficio económico evidente, no había desarrollo tecnológico.
Este retraso no atiende a la falta de interés de los profesionales, sino más bien a otros intereses más economicistas, a pesar del evidente beneficio de maniobrabilidad y visión que aporta la robótica en espacios pequeños
Este problema sigue existiendo, diría que acentuado. No sólo en cirugía, sino en otros ámbitos pediátricos, como unidades de críticos, cardiología… donde se vive con preocupación la no disponibilidad de diferentes materiales (sondas específicas, diferentes accesos vasculares…) y la desaparición de algunos existentes previamente por no ser competitivos.
La aparición de la cirugía laparoscópica, en la década de los 90 en nuestro país, marcó el momento del abismo tecnológico quirúrgico entre niños y adultos. La entrada de la cirugía pediátrica en esta tecnología fue un camino largo y empinado, lleno de obstáculos: por los propios instrumentos de acceso a la cavidad, por el tamaño de los instrumentos básicos y por aquellos más específicos, de seguridad quirúrgica, que garantizan el control del sangrado o las suturas internas mecánicas.
Algo tan habitual y cotidiano hoy en día en cualquier servicio quirúrgico pediátrico, como es un procedimiento laparoscópico en un niño de cualquier edad, recién nacido incluso, necesitó años de espera por parte de los profesionales mientras se adaptaban, como podían, a instrumental no pensado para nuestros pacientes. Se hizo evidente, de nuevo, la falta de interés en inversión tecnológica si no hay evidencia de beneficio.
Se hizo evidente, de nuevo, la falta de interés en inversión tecnológica si no hay evidencia de beneficio
Para los más veteranos, la inmersión en el mundo robótico está suponiendo un déjà vu: algo más ágil que su primo hermano, pero que se presenta igualmente costoso. El coste del utillaje no ayuda y el tamaño sigue siendo un factor limitante de su uso para el niño pequeño, aunque los beneficios respecto a la laparoscopia son evidentes para todo aquel que ha conseguido iniciarse en robótica.
Sorprende que en la era tecnológica que estamos viviendo, donde la miniaturización está a la orden del día y es un valor añadido en el producto que se comercializa, algo tan vital para el ser humano como la propia salud y la de sus hijos, la generación del futuro, no sea una de las puntas de lanza ni goce del amparo y la ayuda económica de las sociedades modernas, más allá de las fronteras de un país concreto. Uno pensaría que los adultos nos volcamos por nuestros menores, pero la realidad sanitaria no es así: se basa en los márgenes de ventas.
Se están desarrollando múltiples programas para la protección de la infancia en todas sus facetas, pero nadie parece haber caído en la inequidad en el acceso tecnológico sanitario que hay entre adultos y niños.
Deberíamos replantear cómo asumir este coste para que no siga siendo el factor limitante. Esperemos que no sean necesarios otros 30 años para disfrutar, de manera normalizada, de los beneficios evidentes que aporta la cirugía robótica.














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