Lo bueno de ser sobrina del ministro

Luis de Haro, director general de iSanidad
Lo bueno de ser sobrina del ministro es que, sin necesidad de levantar la voz ni hacer cola, la realidad parece discurrir por un carril distinto. No es un superpoder declarado, ni figura en ningún BOE, pero existe en el imaginario colectivo como una ventaja silenciosa: la sensación de que hay puertas que se abren solas cuando el apellido acompaña. En una sociedad que presume de igualdad de oportunidades, esta idea —tan incómoda como persistente— sigue flotando en el ambiente.

Vivimos un momento crítico para la sociedad española. La vida política se ha polarizado hasta extremos en los que el debate ha sido sustituido por el combate. El objetivo ya no es construir, ni dialogar, ni buscar el bien común, sino derrotar al adversario. En esa lógica de trincheras, lo accesorio se convierte en arma y lo esencial se pierde de vista. Mientras discutimos banderas y eslóganes, problemas estructurales como el enchufismo se normalizan, se relativizan o se esconden bajo el ruido.

En este contexto aparece un juicio en el que la sobrina del ministro parece disfrutar de unos beneficios que no son habituales. Sin entrar en culpabilidades ni sentencias, la percepción social es demoledora: ser la sobrina del ministro se interpreta como una ventaja competitiva frente al resto del mundo. No porque la ley lo diga, sino porque demasiadas veces la experiencia cotidiana nos ha enseñado que la cercanía al poder suaviza aristas, acelera trámites y concede el beneficio de la duda.

Ser la sobrina del ministro se interpreta como una ventaja competitiva frente al resto del mundo

Para quien no forma parte de ese círculo —si no eres la sobrina del ministro o algo parecido— la sensación es la de quedar fuera de los grupos de conexión de esa España cañí que sobrevive a la modernidad. La España de los contactos, del “yo conozco a alguien”, del favor discreto. Basta mirar la realidad del ciudadano medio en la sanidad pública: a comienzos de 2026, más de un millón de personas seguían en listas de espera para ver a un especialista, operarse o someterse a pruebas diagnósticas. Hay demoras que con frecuencia superan los 60 y 90 días en consultas externas. Mientras la mayoría espera meses, persiste la percepción —difícil de erradicar— de que conocer a alguien en el hospital o tener vínculos con la gestión política permite saltarse pasos. Es el favor de toda la vida, pero en versión digital.

El problema del enchufe no afecta solo a quién recibe un trato preferente, sino también a quién gestiona el sistema. En el ámbito sanitario, por ejemplo, se ha señalado reiteradamente la existencia de cargos directivos ocupados más por afinidad que por mérito. Aunque en los últimos años se han dado pasos para reforzar la transparencia —como el trabajo del Observatorio contra el Fraude y la Corrupción Sanitaria, creado para identificar y prevenir conflictos de interés en organismos clave del sistema—, las críticas no han desaparecido. Muchos profesionales perciben que estar “bien conectado” sigue facilitando el acceso a puestos estratégicos, proyectos de investigación o comités de decisión.

La España cañí no ha desaparecido: simplemente se ha puesto traje moderno

Así, se reproducen redes clientelares que recuerdan a otra época, adaptadas ahora a un entorno de alta tecnología y grandes presupuestos. La España cañí no ha desaparecido: simplemente se ha puesto traje moderno. Y lo más preocupante es que esta lógica erosiona la confianza colectiva. Cuando el ciudadano cree que lo importante no es esforzarse sino estar cerca del poder, la meritocracia se convierte en un discurso vacío y la democracia pierde credibilidad.

Quizá por eso conviene insistir en la ironía del título. Lo bueno de ser sobrina del ministro no debería existir. No debería ser bueno ni malo, ni relevante siquiera. En una sociedad sana, el parentesco tendría que ser anecdótico y la igualdad ante las normas, real. Señalarlo no es atacar a nadie en concreto, sino recordar que mientras aceptemos estas ventajas informales como parte del paisaje, seguiremos atrapados en un país donde algunos avanzan por el carril rápido y la mayoría permanece, resignada, en la cola.

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