Luis de Haro. Director general de iSanidad
La sanidad no se mide en declaraciones, sino en resultados asistenciales, es una premisa básica que los profesionales conocen bien y que los pacientes experimentan diariamente. La eficacia de un sistema sanitario se refleja en indicadores concretos: tiempos de espera, acceso a especialistas, estabilidad laboral, calidad asistencial, experiencia de paciente… En ese terreno, el balance actual plantea unos resultados deficientes en sanidad y unas dudas generosas.
Los resultados en sanidad son percibidos como deficientes por profesionales y pacientes, pero el sesgo ideológico marcado por el Ministerio es firme
Por un lado, las listas de espera continúan en niveles elevados, tensionando la capacidad del sistema y retrasando diagnósticos y tratamientos. A ello se suma el caos en el examen MIR, que ha puesto en cuestión uno de los pilares de acceso a la profesión médica. No es solo un problema técnico, sino un golpe a la confianza en el sistema. El malestar profesional ha pasado de ser un elemento menor a ser un protagonista total. La huelga médica, con especial impacto en varias comunidades autónomas, está evidenciando un conflicto estructural que va más allá de reivindicaciones puntuales. Los médicos reclaman mejores condiciones laborales, menos burocracia y mayor capacidad para ejercer con calidad. Mientras tanto, los pacientes asumen las consecuencias en forma de demoras y cancelaciones y las comunidades ven sus presupuestos dilapidados sin sentido.
A este contexto se suma un déficit sostenido de profesionales, especialmente en atención primaria. La falta de incentivos, la sobrecarga asistencial y la dificultad para cubrir plazas están debilitando uno de los pilares del sistema sanitario. No se trata de una situación coyuntural, sino de un problema estructural que requiere medidas urgentes.
Los malos resultados asistenciales no son productos de una situación coyuntural sino un problema estructural que hay afrontar
Este conjunto de factores dibuja una realidad asistencial compleja, en la que los resultados no acompañan. La gestión de Mónica García destaca por su inquebrantable coherencia ideológica. La ministra ha hecho del repliegue de la sanidad privada su bandera, manteniendo un discurso firme y alineado con sus principios fundacionales. Sin embargo, los resultados contradicen el propósito. Mientras se celebra el blindaje de lo público, el sistema se desmorona y los resultados esperados simplemente no llegan, no tienen eficacia en el contexto actual. El modelo sanitario no se valida por su intención, sino por su capacidad de respuesta.


La sanidad no puede permitirse largos plazos de ajuste cuando las necesidades son inmediatas. Los profesionales requieren soluciones operativas y los pacientes respuestas ágiles. La ministra necesita asesores que le ayuden a ver que el debate, por tanto, no es ideológico, sino funcional. No se trata de elegir entre lo público y lo privado, sino de garantizar que el sistema funcione. Y hoy, los datos invitan a un cambio porque el proyecto ideológico no está mejorando el sistema. No caben más discursos, ya es necesario ver menos polémicas y mejores resultados asistenciales.















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